27 julio 2010

Serbia y España

Sin perder la prevención, un articulo interesante publicado ayer en "El Mundo", unos párrafos no excesivamente largos y con argumentos. 

SALVADOR SOSTRES

Serbia y España

No conozco ninguna nación, ni moderna ni antigua, que no haya nacido violentamente. Terror, violencia y muerte son las tres comadronas de las naciones libres. Así sucedió con Kosovo y así ha sucedido con todas aquellas que a lo largo de la historia han intentado avanzar hacia su libertad. En Cataluña, algunos insisten en que la vía pacífica es posible, pero de momento la Historia ha desmentido esa posibilidad. Y si en algo están de acuerdo todos los independentistas catalanes es en que de ningún modo sería razonable entrar en ninguna clase de conflicto armado o bélico para alcanzar un objetivo político.
Con lo cual, la comparación entre Kosovo y Cataluña carece de cualquier validez y es curioso que, los que más metafóricos se ponen con Kosovo, son los que al final menos estarían dispuestos a pagar el precio, como siempre ocurre en este tipo de conflictos.
Los más bravucones suelen ser los que cuando la hora de la verdad llega, primero corren a esconderse bajo las faldas de su madre. Como escribió Valentí Puig en su oda a Churchill: «Si hoy alguien nos pidiera sangre, sudor y lágrimas, quizá las piernas nos temblarían demasiado».
Cataluña no es como Kosovo, y no porque lo digan los americanos sino porque lo decimos los catalanes. Ni estamos dispuestos -y estoy seguro que hablo en nombre de la totalidad de los catalanes- a asumir ningún proceso traumático como el que sufreron Kosovo y los kosovares ni, desde luego, Cataluña significa para España lo que Kosovo significaba para Serbia. Cataluña, a pesar del tripartito, sigue siendo una de las principales economías del Estado y nuestro agradable nivel de vida no alimenta precisamente las tesis revolucionarias.
Otrosí, y puestos a comparar, la independencia de Kosovo no sería como a la independencia de Cataluña sino más bien como una hipotética independencia del Baix Llobregat si, al haber sido mayoritaria la inmigración andaluza de los Montilla, Corbacho y compañía en esas barriadas, hubieran decidido emanciparse y fundar su patria suburbial.
La gran pregunta es otra. No si Cataluña se parece en algo a Kosovo sino si España quiere parecerse a Serbia. El nacionalismo catalán nunca ha sido violento, ni tan sólo independentista, y ha buscado siempre el encaje en el Estado. A pesar de los defectos, y más allá de las legítimas discrepancias ideológicas, hay que reconocerle que ha demostrado capacidad de ceder y voluntad de negociar. El independentismo sólo ha crecido cuando por parte de España esa voluntad ha sido despreciada y las vías de entendimiento han quedado estancadas. O sea, en los últimos siete años. Una enorme mediocridad política tanto en Cataluña como en España se ha traducido en que muchos moderados han llegado a la conclusión de que el famoso encaje no puede ya dar más resultados. De hecho, esto es lo que ha venido a dejar muy claro la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut.
Cataluña no es como Kosovo y el nacimiento de cualquier nación libre ha sido, hasta ahora, violento. ¿Es España como Serbia? La clave está en esta respuesta. Porque claro, mucho más violento e inasumible que la violencia que la independencia que toda nación conlleva resulta capitular, rendirse, renunciar a lo que uno es, y aceptar sin resistir la extinción para siempre.

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